6.6.15

La mujer que dormía con los ojos abiertos.


La gente duerme. La gente despierta. La gente vive. La gente muere. La gente sueña. La gente dice. La gente escucha. La gente piensa. La gente aterra? La gente.
Ella era mi enigma más permanente. Me podía pasar noches enteras en solitario pensando en esos ojos. Digo ojos porque cuando hay ausencia de conciencia son ojos, sin mirada. Incluso en mis noches solitarias me inquietaba el saber que, en una parte de la ciudad, en un cuarto oscuro y solitario como el mío, estaba ella. Tendida en la cama, con los ojos abiertos. Quizás asustando a otro como yo, incrédulo ante la idea de una posible broma. Es lo que yo pensé las primeras noches y aunque la curiosidad siempre estuvo, jamás se me ocurrió preguntarle por qué dormía así. No hubiese respondido, yo la conozco, hubiese dicho Qué querés desayunar? No se puede vivir así, le dije un día. Me miró extrañada y le dije en tono obvio Sin dormir. Su mirada era de honesta confusión y me explicó que había dormido toda la noche.  Después de esa conversación ya no la volví a indagar y ya que visitaba su cuarto sólo una o dos veces por semana, decidí que no era mi problema. Admito que dormir a su lado se hacía difícil. De hecho muchas veces imposible. Es que, imagínense...Sus ojos eran como los de un búho en el medio de la noche. Vacíos de expresión, quietos en un punto muerto, quizás mis ojos, quizás la pared. Su mentón siempre duro como un cincel y su cuerpo de lado, con la mano bajo la mejilla. Sin importar mis movimientos inquietos, los crujidos de la antigua cama cuando me movía, a ella parecía no perturbarla nada. Era como un trance o un sueño muy profundo. Pero lo que voy a decir  no lo digo de pura fantasía, es cierto que uno puede saber si una mirada tiene alma y les juro, con mi vida, que esta no la tenía. Es decir, cuando era de día y ella se despedía de mí con un beso en la mejilla, esa mirada sí tenía alma. Era ella, estaba viva. Pero cuando dormía, con sus ojos como lunas, no. La sensación de estar observado por esos ojos ajenos a mí e incluso a ella, me podía desvelar una noche entera sin piedad, sin cansancio, sólo yo y esos redondeles negros en la penumbra.
Una noche en particular, esta noche para ser exactos, me decidí a descifrar esa no-mirada. A sostenerla hasta que me diga algo, o ella despierte y me pregunte qué estaba haciendo. No cambió nada. Está todo igual. Se escuchan los aullidos de los perros del barrio y los pasos de los gatos en el tejado. Me hundo con un escalofrío entre las sábanas y suspiro levantando la vista hacia los dos agujeros negros. Estiro mi mano hacia su rostro y acaricio su mejilla, en un tacto para nada tierno o afectuoso, más bien médico y frío. Siento la humedad de las lágrimas que le surgen de esos ojos de par en par, y le surcan la cara como rieles con un mismo origen y destino. Siento incluso un poco de pena. Le dolerán por las mañanas? Los sentirá secos o cansados? Bajo un poco la mirada y observo su cuello, pálido y con algunos lunares constelados al azar. Aún mas abajo se asoman los pechos, un tanto escuálidos, con aspecto cansado y como deslizándose bajo la tela. Pero arriba su tráquea tragó y yo, sobresaltado como un observador que no debería estar entrometiéndose, me dirijo a sus ojos inertes. Nada cambió pero esta noche, antes de acostarnos ella dijo algo que me inquietó un poco y ahora, tendido a su lado en la oscuridad casi absoluta me resuena en los oídos “Por las noches tengo sueños muy extraños, como si viviese otra vida paralela a ésta”.Alejándome precavidamente, casi sin moverme, siento la adrenalina recorrer mis venas, mis arterias, mis capilares, inunda mi cerebro. Y si ella no era ella? Si ahora era alguien más, que fingía dormir mientras me observaba terroríficamente toda la noche, sin otro motivo más que el molestarme o asustarme? con los ojos desorbitados como los de ella, me preparo para la huída o la defensa. Como observando a una fiera a los ojos, a algo sin alma, a ese algo que la habita cuando ella duerme. Mi respiración es acompasada y forzosa, como una bomba a presión. La de ella es impávida y fría, sin calor y sin fin. Sigo viniendo a verla porque ella siempre me espera. Ella sabe cómo amar a un hombre sin pedirle nada a cambio. Ni una llamada por la tarde. Ni un masaje antes de dormir. A cambio sólo debo soportar dormir con su demonio. Hoy ya no puedo, me quiero ir y por alguna razón me siento prisionero de mi reacción. Bajo amenaza de muerte. Quizás sea mi mente, mi imaginación jugándome una mala pasada. Intento tranquilizarme y pensar en la mañana, ese lindo momento en que ella me hace el café y me pregunta con cuántas cucharadas de azúcar, siempre, a pesar de que siempre es con dos. Finalmente mi respiración se regulariza, y mi corazón comienza a latir sin parecer un tambor africano. Estoy en ese trance entre sueño y realidad, a punto de dormirme pero aún sin cerrar los ojos, observando los suyos como en estado hipnótico y ya casi familiar. Mi cuerpo está relajado y mi mente está a punto de olvidar por completo la  sensación de hace unos minutos. De pronto, su voz, cortante como un cuchillo, quizá más grave que de costumbre pero aún suya, sin duda, rompe el silencio del cuarto, aún sin mover sus ojos, fijos en los míos.

-Estoy despierta.

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